Sicilia, en la actualidad. Arturo es un agente inmobiliario, casi infalible en su trabajo, mucho menos en su vida amorosa. Vive solo, bastante descorazonado, y cultiva una única e inquebrantable pasión: los dulces. Su vida se ilumina cuando conoce a la que es, sin duda, su alma gemela. Flora es perfecta: guapa, divertida, amable, brillante... e incluso es pastelera. Un amor inmediato y abrumador surge entre ellos. Sin embargo, los separa una presencia invisible pero poderosa: Dios. Flora es una ferviente católica, mientras que Arturo dejó de creer de niño. Para no perder a la mujer de su vida, decide fingir ser creyente y se embarca en un viaje sentimental y espiritual que lo llevará a confrontar la fe y la verdad. Esta vez, sin embargo, no está solo: lo acompaña un cómplice realmente inesperado: el Papa.